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Una imagen no vale más que 10.000 desaparecidos

04/02/2016 | María Eugenia Iparragirre

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Una imagen no vale más que 10.000 desaparecidos

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Todos recordamos la fotografía de Aylan, el niño kurdo que murió ahogado el pasado verano en una playa turca, y que hizo que a toda Europa se le removiera la conciencia acerca de la crisis humanitaria en Siria. No era un niño especial; no más que Galip, su hermano, o que Rehan, su madre, que murieron ahogados en el mismo dramático viaje, o que el millar de personas que han corrido la misma fatalidad en aguas del Mediterráneo, pero que una fotógrafa llevara su imagen hasta nuestras retinas hizo que, al mismo tiempo, constatáramos que tras las frías cifras por las que se pelean los gobiernos de Europa existen personas, proyectos de vida alterados o truncados para siempre y, como en la mayoría de estas tragedias humanitarias, con muchos niños como víctimas.

No hay fotografías, sin embargo, de los 10.000 menores refugiados que, después de registrar su entrada en Europa tras llegar sin acompañamiento, permanecen desaparecidos. Según la agencia de inteligencia criminal de la Unión Europea, existen pruebas de que algunos de esos niños habían sido explotados sexualmente por redes de trata organizadas. Por si fuera poco el sacrificio que supone superar un penoso viaje para huir del infierno, y que en demasiadas ocasiones se cobre el peaje de la muerte, una vez alcanzado el destino europeo se encuentran con que la tierra prometida no es el paraíso terrenal.

Este fin de semana, CEAR-Euskadi ha sido premiada por la Fundación Sabino Arana por sus más de 25 años trabajando en la protección y la atención a las personas refugiadas que han llegado a tierras vascas, y su presidente, Javier Galparsoro, constató el incumplimiento de los compromisos adquiridos por los estados para repartirse la acogida de cientos de miles de personas y el fracaso de Europa en esta crisis, y censuró que Europa esté debatiendo y discutiendo mientras la gente sufre y muere.

Y es que no tomar decisiones es tomar decisiones. Ya que pese a la inacción de la UE, la violencia sigue empujando a miles de personas a tratar de alcanzar Europa, a arriesgar sus vidas, a morir, a ser explotados… Como recordé al ministro de Asuntos Exteriores el pasado mes de septiembre, decisiones no adoptadas anteriormente, como la generada hace cuatro años ante la situación originada en Lampedusa, han propiciado la enorme crisis que vivimos a lo largo de estos últimos meses.

Hay que ser solidarios para estar a la altura de la catástrofe humanitaria que se está viviendo con la masiva afluencia de refugiados a las fronteras de la Unión Europea. Es necesario que la Unión adopte una política común e integrada ante esta situación, y que esta solidaridad se combine con el apoyo y el desarrollo de estos países, ya que es hoy frontera con la mayor zona de inestabilidad y violencia del mundo. La no toma de medidas ante estos conflictos puede llevar al continente a tener décadas de situaciones como la que estamos viviendo, por lo que es precisa una intervención global en los países de origen basada en la cooperación y en una política común de promoción de la paz y la seguridad.

Nos debe preocupar, además, más allá de porque nos pueda atañer directamente, porque se trata de una pequeña dosis de lo que están sufriendo muchos países en guerra y acosados por el terrorismo. En su enorme dramatismo, Aylan representa una imagen que no debería valer más que los 10.000 niños desaparecidos, ni que los cientos de personas que han perdido la vida o las decenas de miles que la siguen arriesgando en una huida a un destino en el que no están siendo bienvenidos.

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