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Aylanes anónimos

02/09/2016 | María Eugenia Iparragirre

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Aylanes anónimos

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Hoy se cumple un año de la publicación de la fotografía de Aylan, el niño kurdo ahogado en la costa de Turquía. Una foto que removió las conciencias de todo el mundo y que parecía que sería un punto de inflexión en las políticas de los países europeos en relación al drama de los refugiados que huían de la guerra y la violencia en oriente medio. Ha pasado todo un año y los refugiados siguen huyendo de la guerra, los países europeos han endurecido aún más los acuerdos migratorios y, lo que es peor, 423 niños (además de miles de adultos) han muerto en aguas del Mediterráneo.

Ya no hay fotografías conmovedoras; bien porque no siempre hay un testigo del drama, bien porque tras la primera pieza informativa las siguientes pierden el interés (y el valor) para fotógrafos y medios, bien porque, simplemente, nos han dejado de conmover a todos de la misma manera que entonces. La velocidad a la que corren las noticias nos hace perder la perspectiva de la importancia de las mismas.

Estamos en la generación del ‘Me gusta’, el ‘Retweet’ o el ‘Compartir’ las informaciones que nos llegan a través de los innumerables dispositivos de información de los que disponemos. Lo hacemos y parece que con ello liberamos nuestras conciencias de toda culpa, trasladándosela a otros al mismo tiempo. No es algo propio solo de esta generación, no se crean; hace no demasiados años, sin smartphones ni correos electrónicos a los que recurrir, también nos llegamos a acostumbrar a sucesiones de dramáticas noticias, perdiendo la noción de la transcendencia de las mismas.

El pasado año fueron más de un millón las personas refugiadas que llegaron a Europa y son más de 283.000 las que han arribado hasta el momento en 2016. En ese destino supuestamente feliz, la Unión Europea firmó con Turquía un acuerdo para devolver a su lugar de origen a quienes llegaran ilegalmente y el Gobierno español solo realojó a 474 de los 17.000 refugiados que se comprometió a recibir. Y, mientras tanto, un niño cada día estaba muriendo en alguna playa.

 

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