Derechos humanos vulnerados por nadie y por todos

18/04/2017 | María Eugenia Iparragirre

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Derechos humanos vulnerados por nadie y por todos

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En estos días de Semana Santa he tenido ocasión de visitar el campo de concentración de Sachsenhausen; en una de las zonas de las siniestras instalaciones nos enseñaron cómo los nazis perpetraban el macabro circuito de la muerte, y cómo repartían las tareas de tal forma que nadie fuera el responsable del cruel destino de los desventurados que sufrieron la injusticia de ser trasladados a estos campos de la muerte; nadie había hecho nada, nadie había matado a nadie...

Han pasado más de siete décadas desde que este campo ubicado en la localidad alemana de Oranienburg, como otros similares, cerrara sus puertas, pero en pleno siglo XXI, aquí y ahora, sigue pasando algo similar en algunos ámbitos en los que cada uno de nosotros, de nosotras, formamos parte de muchas y muchas de las decisiones y acciones que se llevan a cabo pero de las que nadie se hace responsable.

Me vienen a la mente las imágenes de Siria de estos últimos días, el durísimo invierno en tantos y tantos campos de refugiados, algunos de cuyos barracones ni tan siquiera tienen techo un techo con el que guarecer a los desventurados que hoy en día sufren la injusticia de estar confinados allí. No hay tanta diferencia, los horrores son eso, horrores.

Y frente a ello, ¿qué hacemos nosotros? ¿cómo conectamos con esas realidades? ¿adónde miramos como sociedad, como gobiernos, como personas comprometidas con unos valores y defensoras de unos derechos? Única y exclusivamente de unos derechos humanos, sin ningún otro tipo de exigencia.

Me horroriza comprobar que no seamos capaces de aprender de los horrores vividos y cometidos; me horroriza que incluso seamos capaces de banalizar con determinados hechos; me horroriza la incapacidad que demostramos para sensibilizarnos con ello. ¿Empatía? “Eso no va conmigo; eso no ocurre cerca de mí”, parecemos decir.

Casualmente, en el avión que nos traía de regreso a casa leía un libro en el que se hablaba de los micromachismos; esos pequeños actos casi imperceptibles de violencia cotidiana de la que todos somos responsables, unos en mayor medida que otros, aunque tampoco nadie se considere responsable de ellos. Soy de la opinión de que la culpa no ayuda, que habitualmente buscamos culpables para liberarnos y no resolver lo que ocurre, sin embargo estimo que es necesario asumir responsabilidades.

Como decía, estas atrocidades pueden darse, además de por responsabilidad directa, por un conjunto de acciones de las que aparentemente nadie es responsable, por acciones de microviolencia pero también, claro que sí, por omisión: no actuar también es decidir; si no hacemos, decidimos. Considero que en el siglo XXI siguen ocurriendo atrocidades que nos recuerdan a otros tiempos, situaciones que no nos son tan lejanas, y si no actuamos, también somos responsables.

Se nos apelaba a la salida del campo de concentración de Sachsenhausen a no permitir que se olvidara lo que allí aconteció, que nuestras futuras generaciones conocieran el horror al que se pudo y se puede llegar. Lo cierto es que no es algo que ocurriera hace demasiado tiempo; tampoco creamos que hablamos de algo ajeno a nosotros, de algo que no se puede volver a repetir, y que nos lleve a cegarnos a la hora de distinguir otros horrores que en nuestro entorno pueden estar dándose; unos horrores que son permitidos por nadie y por todos.

Alderdi Eguna 2017