Cimientos para la igualdad

31/05/2017 | María Eugenia Iparragirre

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Cimientos para la igualdad

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En la planta más alta del edificio antiguo del Senado una sala luce con justicia el nombre de Clara Campoamor; lo hace desde que fuera bautizada así hace algo más de diez años. Un mural de grandes dimensiones reproduce en la pared principal la página que el diario 'El Liberal' publicó el 2 de diciembre de 1931 dando cuenta de la aprobación del voto femenino, hito del que la política madrileña fue una de las más destacadas impulsoras.

Este justo homenaje es un paso más en la visibilización del papel no siempre debidamente reconocido de las mujeres a lo largo de la historia; sin embargo, más allá de los bienintencionados honores y de los innegables progresos, la sociedad actual aún mantiene anclados en lo más profundo de sus raíces esos hábitos que en demasiadas ocasiones relegan a la mujer, no a un segundo plano, sino a su olvido. De lo que no se habla, no existe.

En lo más profundo de las raíces del edificio del Senado, como si de una metáfora se tratase, un cartel muestra una de esas reminiscencias: “Reservado señores senadores”, anuncia a quienes entran al garaje. Tal vez solo sea un detalle, tal vez no tenga una importancia relevante, pero se trata de una discriminación de género en el lenguaje, una de las muchas que se producen hoy en día, que debemos abordar si no queremos que se quede anclado en lo más profundo de nosotras y, cómo no, de nosotros.

El lenguaje refleja la realidad en la que vive una sociedad y va modificándose a medida que esa sociedad cambia. Podríamos hacer una comparación con el derecho, porque la legislación también va cambiando junto con la sociedad a la que regula: ese cambio es en ocasiones más acertado y en otras, menos; a veces llega antes y otras, más tarde, pero el derecho tiene una función social innegable, que sirve para dar respuesta a las dinámicas sociales más implantadas, o para asentar de forma definitiva aquéllas en las que una parte de la sociedad aún se muestra reticente.

Una orden ministerial adecuó las titulaciones oficiales al género masculino y femenino el 22 de marzo de 1995; hace más de veinte años. A través de ellas se oficializó la denominación de las profesiones en ambos géneros, e incluso la Real Academia de la lengua Española distingue entre senador y senadora.

Afortunadamente, lejos quedan los tiempos en los que en la Cámara Alta las corbatas acaparaban la totalidad del hemiciclo; lejos quedan, incluso, los dos años en los que, durante la Segunda República, Clara Campoamor compartía escaño en el Congreso con Victoria Kent y Margarita Nelken, siendo las tres primeras diputadas de la historia del Estado español. Desde entonces ha habido muchas más, y también senadoras; esas que podemos aparcar nuestros coches en el garaje aunque parezca que no hay plazas reservadas para nosotras.

Llevamos años construyendo un edificio de democracia y de igualdad en el que convivir, pero es imprescindible que, más allá de bellas fachadas  e impresionantes salones, los cimientos sobre los que se erige no estén corroídos por estereotipos, prejuicios y olvidos que pongan en peligro su estabilidad.

Alderdi Eguna 2017